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Factorías de cerdos: para Alberto hay que "vender nuestra carne faenada en el mundo"

“Tenemos una enorme oportunidad”. Con unas breves declaraciones en el evento Serie de Presidentes de las Américas convocado por AS/COA [1], Alberto Fernández habló en el mismo sentido del plan de convertir a Argentina en una factoría de nueve millones de toneladas de carne porcina para abastecer a China. Dicho proyecto fue anunciado el 6 de julio pasado por la Cancillería argentina que conduce Felipe Solá tras una conversación telefónica con el ministro de Comercio de China, Zhong Shan, y despertó un enorme repudio en organizaciones ambientalistas, animalistas, la izquierda y la sociedad en general.

24 de julio

“La Argentina es un enorme productor de alimentos”, sostuvo Fernández, con Martín Guzmán a su derecha, en comunicación con Susan Segal, la presidenta de AS/COA. Según el presidente, a la salida de la pandemia el mundo demandará mayor cantidad de alimentos, lo que abre una “enorme oportunidad”, repitió, para nuestro país. “Tenemos que empezar a pensar cómo el Estado ayuda al desarrollo de la agroindustria, porque lo ideal sería dejar de vender alimentos para los animales que otros tienen [2] y empezar a alimentar a nuestros propios animales y vender nuestra carne faenada en el mundo”.

Así Fernández introduce su plan de instalar granjas industriales que son caldos de cultivo de nuevas epidemias de origen zoonótico. La socióloga e investigadora Maristella Svampa los define como “criaderos de animales a gran escala, donde viven hacinados, se les aplican antibióticos y antivirales para prevenir enfermedades y engordarlos rápidamente para mandarlos al mercado”. Para Svampa, China busca “externalizar la producción y los riesgos” tras el brote de gripe porcina africana que dos años atrás obligó al país asiático a sacrificar, de los modos más crueles, a entre 180 y 250 millones de animales.

No sorprende que estas negociaciones surjan de la mano de Felipe Solá. Como secretario de Agricultura de Menem, habilitó en 1996 la importación de la soja transgénica que dio origen al modelo agrario contaminante, basado en el uso de glifosato y otros agroquímicos. Ahora, con el aval presidencial, ofrece a nuestro país como criadero a gran escala, un proyecto que viene siendo conversado en secreto entre su cartera y el Ministerio de Agricultura de China, pero que antes fue acordado por la Asociación China para la Promoción Industrial y la Asociación Argentina de Productores Porcinos. “La Argentina podría producir 9 millones de toneladas de carne porcina de alta calidad y le daría a China absoluta seguridad de abastecimiento durante muchos años”, afirma el comunicado oficial. Negocio asegurado.

El libreto para justificar semejante emprendimiento es el mismo de siempre: creación de empleo y entrada de divisas que permitirían a la Argentina superar el atraso, “cumplir” con los acreedores y ponerse de pie en tiempos de recesión mundial. Lo cierto es que el modelo extractivista que se implementó a gran escala en las últimas décadas solo dejó pobreza, destrucción, saqueo y contaminación en el ambiente y las comunidades, mientras la Argentina sigue hundida en los mismos problemas estructurales de siempre.

El inocultable extractivismo de Alberto

Vamos a los hechos.

Entre sorbo y sorbo de jugo de pomelo, durante el debate presidencial de 2019 Alberto Fernández habló de que su Gobierno iba a ocuparse “de cuidar el medioambiente, porque hay un imperativo que es que el cambio climático nos está exigiendo eso, vamos a cuidar nuestros bosques y vamos a pedir a la minería que se desarrolle de manera sustentable”.

Nueve meses después, ante el empresariado estadounidense, Alberto habló con claridad de las “riquezas que tiene el país”: apuesta al modelo fósil en Vaca Muerta (“un enorme potencial”), a la minería (aun con las experiencias de Mendoza y ahora Chubut, con la Iniciativa Popular), la agroindustria y, como si fuera poco, la explotación pesquera que en Argentina “está “absolutamente poco desarrollada”.

Ahora, las opiniones.

Tampoco es que Fernández no hubiese dado pruebas de todo lo contrario a la defensa del ambiente. Durante la campaña también se reunió con los jerarcas de la minería, alabó el “modelo Barrick” junto a Gioja, llamó “desmedido” al fallo de Entre Ríos que limitaba la fumigación con agrotóxicos y planteó a Vaca Muerta como salida estratégica para la economía y la crisis energética locales. Pero simplemente no quedaba bien en campaña mostrarse abiertamente simpatizante del modelo extractivista. Había que caretear un poco.

Pronto no quedaron dudas de que la tríada extractivista (megaminería, agronegocios y combustibles fósiles) se mantendría también en su Gobierno. Nombró a Juan Cabandié, un inexperto, al frente de una cartera como Ambiente y Desarrollo Sostenible, así como a Luis Basterra, hombre de Insfrán y lobista de Monsanto, en la de Agricultura, y a un amigo de la Barrick, el sanjuanino Alberto Hensel, nada menos que en la Secretaría de Minería. Con sus legisladores de Mendoza intentó, el mismo mes en que asumió y en alianza con la UCR de Rodolfo Suárez, derrotar la movilización popular que defiende el agua de la provincia contra la megaminería. Por supuesto: también hubo reuniones en la Rosada junto a los popes mineros. En plena cuarentena los desmontes y las quemas intencionales de pastizales siguieron su curso, así como la“desertificación” del mar argentino, saqueado por la pesca industrial indiscriminada y bombardeado por las petroleras. Cabandié declara emergencias ambientalespor aquí y por allá y se la pasa de Zoom en Zoom, pero el modelo insustentable sigue su curso.

En momentos en que la humanidad atraviesa una pandemia de origen zoonótico (por transmisión de animales a seres humanos), no parece buena idea convertirse en criadero industrial del mundo y ser foco de nuevas crisis sanitarias. Por eso el repudio se hizo sentir en las disciplinas más variadas, el activismo y el público en general.

Podemos afirmar, a la luz de todo lo que impulsan mientras agitan un discurso “verde” y un Gabinete de Cambio Climático, que a Fernández no le importan ni los bosques arrasados para la agroganadería ni la crisis climática originada en la quema de fósiles o la emisión de gases de efecto invernadero de la ganadería intensiva. Mucho menos los problemas hídricos o de contaminación de la minería a gran escala. Tampoco el brutal saqueo del mar argentino, convertido en un desierto bajo el agua. Para ser honestos, nadie podría decir que no avisó. (LID) Por Valeria Foglia

[1] Americas Society/Council of the Americas

[2] Según datos del Conicet, en el 2019, de más de 10 millones de toneladas de porotos de soja exportados, 8.962.115 fueron a China para el engorde de animales.

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