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El gran chanta nacional. Adorni, un asunto de Estado

El capítulo de Manuel Adorno ya da para un libro voluminoso, susceptible de ser ampliado día a día. Pero, sin perjuicio de que es una tentación detenerse en las andanzas de semejante sujeto, la pregunta sería si el árbol logra tapar al bosque.

5 de abril

Yendo de menor a mayor, en la agenda publicada y en los conversatorios periodísticos, el interrogante es cómo puede ser que La Hermana continúe sosteniendo a un jefe de Gabinete que se convirtió en meme permanente de ridiculización.

Si hiciera falta aclarar o reiterar, hablamos de La Hermana en tanto es la Presidenta del cotidiano ejecutivo. Puede argüirse que el poder real pasa por los grandes grupos económicos y las medidas que en dirección a ellos toma el equipo de Caputo Toto, intervenido hace meses, desde Washington, en forma directa y obscena.

Pero si el tema es quién conduce la diaria de influencias, nombramientos, operaciones judiciales intensificadas, manejo de imágenes y otros ejercicios de esa rama del poder, la “institucional”, se trata de La Hermana y prácticamente nadie más.

Cuidado con haber estimado que el extremo ya se produjo mediante los granaderos tocando Dancing Queen, Mamma Mía y Chiquitita en el cumpleaños de Karina, en el Patio de las Palmeras.

Fue un episodio surrealista, está bien, no sólo porque La Hermana encabezaba el acto y porque la Fanfarria Alto Perú está para cosas que no son descuartizar las melodías de Abba. Fue una provocación, estentórea, en medio de las revelaciones continuas sobre el andar de Adorno que, en estas horas, pasaron a competir con la fiesta mileísta de los créditos hipotecarios.

Nadie acierta en descubrir qué es exactamente lo que desató la catarata de denuncias sobre el jefe de Gabinete. Él, claro, no hizo más que seguir enterrándose con su inolvidable conferencia de prensa. Y prepárense para el espectáculo de su comparecencia ante el Congreso, si llega al 29 de abril.

En Casa Rosada no se escucha más que esa repetición de que “es un pelotudo”, pero la intriga en torno a quiénes promovieron develar sus pelotudeces ya es un asunto de Estado.

Y ahí está la cuestión, sobre todo porque el propio Presidente, el formal, El Hermano, resolvió respaldarlo en público con su sentido abrazo nada menos que en el homenaje a los veteranos de Malvinas. Este lunes reforzaría el apoyo, rodeándolo de ministros.

¿Fueron las prestaciones serviciales del Mago del Kremlin (el de acá, no el del desopilante comando ruso de pagos periodísticos), enemistado al parecer ya sin retorno con la cumpleañera? ¿Fue la ex comandante Pato, quien de este modo se habría sacado de encima a su competidor electoral por la Ciudad? ¿Fueron otros servicios del Círculo Rojo mediático, judicial y empresarial, alarmados porque en medio de una situación inquietante en general, y en lo económico en particular, no puede ser que el número dos del Gobierno sea un salame picado grueso a más de que el número uno sólo se dedica a insultos y agresiones contra el propio empresariado?

Luego, ¿Adorno sigue increíblemente en su cargo porque, de lo contrario, La Hermana sufriría un golpazo tremebundo en su interna contra Caputo Santiago?

Y finalmente -es un decir-, ¿acaso no ocurriría que la pregunta principal no es ninguna de ésas, sino cómo todas ésas confluyen en un Gobierno al que se le juntaron su corrupción y una economía que no despega; que ni siquiera estimula con la promesa de brotes verdes en un futuro cercano; que tiene a su topo destructor del Estado en los niveles más bajos de popularidad, y que semeja estar cada vez más atado a la suerte que corra en noviembre -o antes- su protector supremo?

Hay otras especulaciones, como las de que el sujeto se lleva la marca para despejar los alcances de $Libra. Un caso que, según sospechas flamantes, también involucraría al jefe de Gabinete por sus contactos con Mauricio Novelli en la noche más larga. De allí que se platica asimismo sobre su sostenimiento… en función de todo lo que conoce. De qué sucedería si, abandonado, se le da por hablar.

No es la primera oportunidad, ni será la última, en que un gobierno -del signo ideológico que fuese- es capaz de emplear cabezas de turco propias para desviar la atención.

Sin embargo, eso no varía lo siguiente.

Si una gestión necesita “despistar” hasta el límite de mantener en su puesto a un funcionario políticamente liquidado, como este otrora influencer que jamás debió dejar de ser tal, es porque comenzó a atravesar problemas serios.

Cuánto de serios es un aspecto complicado de determinar.

Objetivamente se diría que los libertaristas casi no tienen números positivos, con excepción de cómo se considera la baja inflacionaria en su cotejo con la última parte del gobierno anterior. Pero, en lo subjetivo de franjas populares todavía amplias o significativas, las percepciones y encuestas más o menos confiables exhiben que en definitiva “no hay otra cosa que esto”, “habrá que esperar un tiempo”, “no queda otra que aguantar”, “los otros eran peores”, “en una de esas mejora” y así de corrido (aunque ya con preeminencia de resignación, no de convicción ni de esperanza).

El affaire de/con el jefe de Gabinete merece ser visto, en lo estructural, desde esa perspectiva.

En su notable y provocativa columna del viernes pasado, en Página/12, José Luis Lanao interpela acerca de cómo funciona “el ranchito de Adorni”. No en los detalles, sino en las formas. Y contesta que es en la estupidez de creerse eternamente impune donde el ser humano se vuelve imbatible.

“Corren tiempos en los que tendemos a creer que el mundo es esta cotidianeidad que vivimos. Con políticos que pueden ‘esnifarse’ una vivienda en apenas unas horas, defendiendo lo indefendible: la compra de un ‘ranchito’ de 200 metros cuadrados en Caballito (…), asociado a un préstamo de dos ancianas que no lo conocen ni lo quieren conocer”.

El ranchito de Adorni, como señala Lanao y aunque en rigor son ranchitos varios, es una de esas abstracciones de ricachón impune guiando al pueblo. O, agregamos, pretendiendo hacerlo.

“Nos dijeron que vivíamos por encima de nuestras posibilidades. Por eso, gente acostumbrada a comer tres veces al día hoy come una”.

Por eso, también, el colega concluye su nota citando una frase de Francisco de Quevedo, de 1603, sobre que esto de ser un ladrón no es arte mecánica, sino liberal. Y recordando que la rabia que irradian estos personajes no es nueva, justamente, sino un viaje en el tiempo a las formas más ancestrales de dominio. “Ahora se llama extrema derecha, pero es el tradicional gobierno de los poderosos de toda la vida”.

Casi naturalmente, ante el desafío de que “no hemos aprendido nada”, podríamos contrarrestar que el mundo nunca paró ni parará de dar vueltas. No todo ha sido siempre una tragedia constante, bien que las cometidas son un espanto que puede vencer a cualquier otra consideración.

Sin ir más lejos y si es por lo local, por la aldea argentina, subsiste ese “empate” histórico entre los proyectos genéricamente descriptos como oligárquicos y populares. A la corta, mediana o larga, ninguno termina de imponerse completamente al otro.

La particularidad de este momento argentino es que la traza oligárquica, disfrazada de “libertaria” en una de las más repelentes usurpaciones terminológicas del diccionario político, está jugando el ancho en lo que debiera ser a la vista de todos. Más aún que en el menemato. Con sus Hermanos. Con su alianza vergonzante en el tejido de Estados Unidos e Israel o viceversa. Con el invento de sus cifras de pobreza. Con su industricidio. Con las pymes derrumbadas. Con el Día de la Marmota de dólar barato/bicicleta financiera/re-primarización de la economía y apuesta a los sectores que en ningún caso dinamizan mano de obra.

Si ese bosque pretende ser ocultado con las aventuras de este Gran Chanta Nacional que tan bien retrató Sandra Russo al emparentarlo con el Luis Brandoni de Esperando la Carroza, sea para desviar la atención central o fuere porque el comando de la impunidad se les escapó de las manos, la respuesta está en la conciencia popular acerca de eso mismo.

Fácil de describir. Y muy complicado de solucionar.

La respuesta, ya sabemos, debiera discurrir por cómo se construye, y con quién en su liderazgo, una opción confrontativa creíble. Una que, como condición no suficiente pero sí indispensable, comience por la ejemplaridad individual. (Página 12) Por Eduardo Aliverti

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